En América Latina, la historia de la desigualdad se entrelaza con rutas comerciales antiguas y prácticas modernas que concentran el poder económico. Este artículo explora cómo las lecciones del pasado, como la Ruta de la Seda, se reflejan en las dinámicas contemporáneas de acumulación y ofrece recomendaciones para construir un futuro más equitativo.
Desde el siglo I a.C., la Ruta de la Seda tejió una red de intercambio entre Oriente y Occidente. Los comerciantes islámicos y chinos actuaban como intermediarios, controlando tramos clave para maximizar beneficios. Este modelo, basado en la colaboración y el control estratégico, permitió la intensificación del comercio sin necesidad de que un solo viajero recorriera todo el trayecto.
En cada oasis, mercancías como seda, especias y metales preciosos cambiaban de manos. Los precios subían o bajaban según la oferta local, creando un flujo continuo de ganancias que se distribuía gradualmente. Este sistema generó redes comerciales resilientes y escalables, al tiempo que concentraba poder en manos de grupos selectos.
Hoy, la distribución de la riqueza en la región refleja mecanismos similares de control y segmentación de mercados. El 1% más rico acumula, en promedio, el 45% de la riqueza nacional, una cifra que supera el 35% de Estados Unidos y duplica el 25% de Europa.
Este desequilibrio se sostiene desde hace décadas. Nunca ha caído por debajo del 42%, lo que evidencia una estabilidad preocupante en la desigualdad. Dentro de este panorama, la concentración de tierras agrícolas ofrece uno de los ejemplos más claros: más del 50% de la tierra cultivable está en manos de grandes latifundistas.
La transferencia intergeneracional de riqueza es fundamental para entender la perpetuación de la brecha social. El 53,8% de los superricos latinoamericanos heredó total o parcialmente su fortuna, frente al 37,3% global. Esto favorece dinastías económicas duraderas y refuerza las barreras de entrada para nuevos emprendedores.
Por otro lado, el modelo extractivista—centrado en la explotación de recursos naturales—continúa moldeando la economía. La minería, el petróleo y la agroexportación explican una parte significativa de la riqueza regional: los minerales representan el 10,7% del PIB, comparado con el 3,7% mundial.
Esta orientación hacia el exterior, con grandes capitales invertidos en productos primarios, genera altos márgenes de ganancia para pocos. Mientras, los pequeños productores y comunidades rurales a menudo carecen de acceso a tierra fértil y financiamiento, perpetuando desigualdades históricas.
La cercanía entre la cúpula empresarial y el gobierno profundiza la concentración de poder. Entre 2000 y 2025, al menos 16 presidentes de la región provenían de altos cargos en grandes corporaciones. Esta interrelación facilita decisiones legislativas que benefician intereses privados y socavan la capacidad de los Estados para redistribuir recursos.
Oxfam denuncia que la acumulación de riqueza promueve la compra de influencia política, debilitando la transparencia y la rendición de cuentas. La escasa tributación de patrimonios y herencias refuerza un vacío fiscal que agrava la desigualdad y limita inversiones en salud, educación e infraestructura.
Superar estas dinámicas exige voluntad política y estrategias coordinadas. A continuación, algunas recomendaciones clave:
Además, las políticas deben abordar desigualdades estructurales:
Un enfoque integral permite romper los ciclos de concentración y construir sociedades más cohesionadas. La combinación de tributos justos, diversificación económica y empoderamiento ciudadano recuerda la esencia de la Ruta de la Seda: colaboración, intercambio y crecimiento inclusivo.
Al trazar nuestra propia «ruta al millón», podemos aprender de los comerciantes antiguos y adaptar sus principios de resiliencia y cooperación. Integrar tecnología, innovación y participación comunitaria será crucial para garantizar que la riqueza genere bienestar colectivo y no solo privilegios.
El desafío es ambicioso, pero no insuperable. Con políticas sólidas y el compromiso de todos los sectores, América Latina puede transformar su legado de desigualdad en una oportunidad de desarrollo sostenible y equitativo.
Referencias